Ps, ps, te estoy hablando a ti.
Ven, siéntate, quiero contarte algo.
Sólo por favor, no tiembles,
Que el terror humano me vuelve loco,
y aunque me encantaría,
a los invitados no se les posee, ¿verdad?

viernes, 1 de mayo de 2015

Golpes de la vida



 

Adriana esperaba, sentada en el piso de su celda, a que la vida ejecutase su siguiente jugada. Una jugada que estaba segura, no sería para nada limpia. Antaño, Adriana había creído en muchas cosas, incluso en esas estupideces que proclamaban que el universo estaba a favor suyo, que la vida sólo deseaba su total plenitud y felicidad. Por ello, cuando aceptó acompañar a Elisa a aquella marcha, creyó que todo iría bien, que aunque estarían bajo el ardiente sol durante toda la mañana, acabarían después riéndose de cualquier cosa, sentadas a resguardo del calor en una heladería.

Por eso, cuando el caos se desató y los disparos retumbaron en todas direcciones, Adriana creyó que estaba teniendo una maldita pesadilla, de la cual despertaría en cuanto su reloj sonase estrepitosamente. Pero el puñetero reloj no sonó, y la pesadilla, tampoco cesó. En ese momento y a una velocidad pasmosa, Adriana comprendió que todas aquellas sandeces sobre el universo y su perpetua felicidad eran mentira. Entendió, con horror y desolación, que la vida también daba golpes, y que fuera cual fuese el Dios que había en las alturas, permanecía impasible, sordo a los gritos de los estudiantes, como mismo permanecieron los ciudadanos a su alrededor, demasiado preocupados por esconderse o desviar las miradas.

Sin embargo, la desilusión y el espanto no fueron las únicas bofetadas que  Adriana recibió. Con los ojos vendados y las manos amarradas a la espalda, Adriana fue víctima de sendas palizas que le amorataron los costados y le deformaron la faz. Recibió, también, la peor cogida que le habían dado desde que tenía dieciséis, porque la vida, cabrona como era, la había confundido con una puta.

Pero Adriana no era una puta, como tampoco lo era Elisa. Si al menos les hubieran explicado qué ocurría, en dónde estaba su gran pecado, porque ellas no habían hecho nada malo, salvo acudir a una marcha para evitar que a Elisa le dieran de baja. Entonces, ¿por qué aquellos hombres les pegaban y las violaban? ¿Por qué Dios se mantenía al margen, como si las odiara? ¿Por qué la gente que lo vio todo no hizo nada? ¿Por qué, si la vida confabulaba por su bienestar, permitía que las ultrajaran de aquella manera?

Adriana se dormía con estas interrogantes, y despertaba repitiéndose que ella era una buena persona. Mas conforme los días pasaban, su convicción mermaba de a poco, y su esperanza, agonizaba. De pronto se llevaron a Elisa, y Adriana lloró y gritó como si le hubieran arrancado un brazo, porque hasta ahora Elisa era la única compañía amable con la que contaba. Intentó convencerse de que regresaría, de que los hombres se la habían llevado únicamente para satisfacer sus perversiones, pero con cada minuto que se desgranaba en su reloj de muñeca, Adriana perdía la fe.

Se preguntó por qué los hombres le habían dejado conservar el reloj, y concluyó que estaban aliados con la perra vida, gustosos de que sufriera sin descanso, y de torturarla no sólo a base de chingadazos, sino también, de la desesperación. Porque no existía peor castigo que la espera, la incertidumbre de no saber qué vendrá a continuación, en especial, si de antemano se sabe que no será nada bueno. Así que Adriana lloraba a cada minuto, llamaba a Elisa a voz en grito, hasta que uno de sus captores golpeó la puerta con un puño y le vociferó que se callase, por lo que Adriana optó por acurrucarse y sollozar en silencio.

Se durmió y volvió a despertar, y cuando finalmente se incorporó, no supo cuántos días habían pasado, o si siquiera había transcurrido un día, o sólo un par de horas. Cuestionándose eso estaba cuando vinieron a buscarla, y por quincuagésima vez le vendaron los ojos y le ataron las muñecas. A trompicones, magullada, apestando a orina y excrementos, Adriana salió de su celda, conducida por los hombres a través de un largo pasillo.

—¿A dónde vamos? —preguntó con voz rota y temblorosa.

Pero el hombre que caminaba a su espalda le dio un fuerte golpetazo, el cual se agregó a la colección de madrazos que ya tenía, y que le cortó la respiración. Se abstuvo de hacer más comentarios hasta que por fin se detuvieron, con brusquedad la lanzaron a una nueva estancia, antes de liberarle los ojos y las manos de obstáculos.

No obstante, la nariz de Adriana fue mucho más rápida, captando casi al instante el olor intenso y dulzón. Parpadeó, porque en esa nueva celda había una luz que deslumbraba, y hacía mucho que los ojos de Adriana no captaban la más mínima claridad.

Entonces, lo vio. Era una cosa, una cosa tremenda, una pelmaza de carne y músculos, un guiñapo morado y carmín, por el que se expandían mordiscos y diversos tajos, por el que se atisbaba una mano, un pie y un seno como reventado. Pero no, no era un pecho, aquello no podía ser un pecho, debía ser una fruta madura exprimida, sí, una manzana que explota al caer del árbol. Adriana recorrió la cosa con la mirada, hasta tropezar con unos ojos que conocía bien, porque los había visto desde que tenía seis años, desde que entrase a la primaria «Benito Juárez.»

Eran los ojos de Elisa.

Algo en Adriana se rompió, abrió una zanja oscura dentro de ella, por debajo de la piel, de los hematomas y la costilla rota, porque aunque era fuerte y había aguantado un montón de cosas, aquello simplemente la sobrepasó. Balbuceó algo inteligible y retrocedió unos pasos, aturdida y conmocionada por el nuevo golpe que la vida le había propinado. Hondo, llameante, el dolor que sentía en su interior la hizo caer de rodillas y vomitar, bilis y agua esparciéndose por el piso, hasta llegar al irreconocible cuerpo de Elisa.

Rompió a llorar, culpable por haber manchado el cuerpo de su compañera, furiosa por las risas que se oían al otro lado de la puerta. Tuvo otra arcada y vomitó de nuevo, procurando hacerlo esta vez al lado contrario, para no salpicar a Elisa. Hipó, se ahogó en sus lágrimas y volvió a hipar, sintiendo que entre más inspiraba, menos aire se filtraba en sus pulmones. Muerta, Elisa estaba muerta, y Adriana no había podido hacer nada para evitarlo. Chilló, tiró de su enmarañada melena y le arrancó gruesos mechones, que fueron a mezclarse con la porquería que ella misma había expulsado. Le hubiese gustado arrancarse a tiras la piel, y abrigar con ella el cuerpo helado de Elisa, pero sólo pudo gatear hasta ella y acunar su cabeza entre las manos.

Besó su frente con infinita ternura, porque eso era lo que se merecía de la vida, un beso y no un puñetazo, no un mordisco ni una cuchillada. Su Elisa, su adorada Elisa, la que le había enseñado a jugar matatena, la que compartía sus dulces preferidos y que amaba el cine, la música y los libros; la que siempre tenía una sonrisa para el compungido, la que la tomaba de la mano y que disfrutaba enviándole cartas por correo tradicional, aun y cuando ambas vivían en la misma ciudad. Elisa, picante y dulce a la vez, audaz y tierna en la cama, convertida en una burla y una blasfemia de todo lo que fuese en el pasado.

—Cierra los ojitos, mi dulce angelito, que ya es la hora de dormir… —tarareó Adriana en un hilo de voz, meciendo su cuerpo atrás y adelante, mientras con una mano acariciaba el cabello de Elisa—. Buenas noches, hasta mañana, que Juan pestañas ya va a venir…

Y así, cantando una nana Adriana se perdió, se refugió tras las melódicas puertas de la música, porque era lo que Elisa hubiera querido, que fuera feliz. Recordó a su madre, a su padre, el sabor cremoso y explosivo del helado de chocolate con cereza, y la luz de luna que se filtraba por su ventana la última noche en la que ella y Elisa hicieron el amor. Por ello, cuando el heraldo de la muerte acudió a su encuentro no lo notó, no vio cómo alzaba la mano y tiraba del gatillo, cómo la bala viajaba hacia ella de forma inexorable y le abría un agujero en una sien.

Adriana cayó hacia un lado, con los ojos vidriosos fijos en ninguna parte. Del orificio en su sien se escurrió un denso hilillo de sangre, un filamento escarlata que se deslizó hacia las botas de los dos matones, como una lengua sanguinolenta que busca lamerles los pies. Asqueado, pero guardando las apariencias lo mejor que pudo, el heraldo negro se apartó de su trayectoria como que al descuido, como un niño mimado que detestase la idea de ensuciarse los zapatos.

—¿Ha estado de puta madre, eh? —le comentó su compañero con aire de complicidad y una sonrisa hilarante, vestido de negro igual que él.

Juan Carlos, a quien apodaban el heraldo negro de la muerte, asintió con vaguedad. Era el encargado de rematar a todos los estudiantes a los que les había llegado la hora, pero y, no sabía por qué, aquella muchacha había sido diferente.

Quizá, porque le recordaba que existían cosas peores que morirse.

1 comentario:

  1. Saludos, Itzabella.

    Terrible.

    Algo peor que morir?

    Vivir para ser verdugo?


    Estremecedor relato.

    Que tengas un buen día.

    ***

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