Ps, ps, te estoy hablando a ti.
Ven, siéntate, quiero contarte algo.
Sólo por favor, no tiembles,
Que el terror humano me vuelve loco,
y aunque me encantaría,
a los invitados no se les posee, ¿verdad?

sábado, 15 de febrero de 2014

Sin palabras

Esta historia participó en el concurso «Sin palabras», San Valentín 2014 (Potterfics)

Viniste al mundo un catorce de Febrero. Así, sin palabras, anunciándote con contracciones en mi vientre, tocando a la puerta de mi corazón. No te importó si estaba lista, y yo, ¿cómo rechazarte en una fecha como esa? Además, te había soñado, te había imaginado en todos los sentidos, tus ojos, tu nariz y tu pelo. Así que no hizo falta que pidieras permiso para llegar a mi vida, porque estaba más que dispuesta a dejarte entrar.
Y, oh mi Dios, la realidad superó las expectativas. Eras la cosa más linda, tus ojitos azules me cautivaron, ni qué decir de tu naricita respingada o tus manitas, tan pequeñitas pero a la vez, conteniendo el amor de todo el universo. Tu papá era otro caso, jamás lo había visto así, él, siempre tan serio, haciendo el ridículo delante de todos para robarte una sonrisa. Tu sola presencia trajo luz a nuestra casa, la tiñó de colores que nunca antes habíamos visto.
Fue sublime, simplemente mágico, ver tu evolución con el paso del tiempo, el cómo de pronto te paraste en tu cunita, agarrándote fuerte a los barrotes; una fuerza que a muchos de nosotros nos hacía falta en la vida misma, un gesto en el que tú ponías todo tu empeño. Admito que después de eso me diste uno que otro susto, porque lo siguiente fue ver tus intenciones de saltar fuera de la cama. En una ocasión te saliste con la tuya, y ambas terminamos llorando, tú por la hinchazón en la frente y yo, por no haber podido detenerte, sintiéndome la peor madre.
La siguiente maravilla fue escucharte decir «mamá». Ese día casi tiro la casa por la ventana, recuerdo que lo dijiste muy  temprano, así que tuve todo el día para invitar a familiares y amigos a comer. Ya sé, exageré bastante ante el hecho, pero incluso hoy día no me arrepiento. No me arrepiento de haber llorado en tus primeros pasos, no me arrepiento de haber lavado tu ropa un millón de veces luego de que quedase manchada con restos de comida. Para nada lamento haberte tomado el centenar de fotos, mucho menos, haber tenido que gastar una considerable cantidad de dinero en esos libros de cuentos infantiles.
No me arrepiento de nada, porque la recompensa de tus ojos iluminados era más que suficiente, el sonido de tu risa un aliciente a enfrentar al titán más grande del mundo, y la belleza de tus gestos inocentes una reflexión que superaba en profundidad a cualquier cosa dicha por Confucio. Mi niña, de ti aprendí tantas cosas, recuperé la capacidad de asombro, me reí de lo estúpidos que podemos llegar a ser los adultos pero, sobre todo, volví a creer en el amor incondicional.
Hasta que una mañana, todo cambió.
El sonido de tu dulce voz no fue lo que me levantó, tampoco lo hizo el de tus juguetes, ni lo primero que vi fueron los colores pasteles de tu pijama. Más bien, me desperté como un día cualquiera, muy parecido a los de antes de tu llegada. Me duché, me lavé los dientes y salí a buscarte a tu cuarto, convencida de que andabas metida en alguna travesura, porque como diría tu abuela, niño que no hace ruido es porque algo trama.
Mas no era nada de eso. Tú estabas allí, en tu camita, acurrucada entre las mantas con los ojitos cerrados. Me enternecí ante la placidez de tus facciones y te froté la espalda, alzándote sin querer la blusita.
Entonces, lo vi.
Eran oscuras, redondeadas y esparcidas en dirección vertical, siguiendo el camino de tu columna. Me asusté. Me asusté como no lo había hecho hasta ahora, más que cuando saltaste de la cama. Casi mato a un cristiano en mi afán por conducir rápido al hospital; odié la maldita burocracia, los estúpidos protocolos para que alguien te atendiera. Había dejado de ser una madre dulce y amorosa para convertirme en una loca posesa, capaz de matar a alguien con tal de que me dijeran por qué esos horribles hematomas manchaban tu blanca piel.
Dicen que la verdad nos hará libres, pero a mí ese día me mató. Porque no importa cuántos días vaya una a la iglesia, ni la fortaleza interna que se tenga, jamás se está preparada para oír que a tu pequeña, tu única y hermosa niña, le dan el diagnóstico de leucemia.
El tiempo se detiene, el mundo deja de ser mundo para convertirse en una pesadilla. No se sienten las piernas, ni los brazos, nada. Sólo un agujero en el pecho, grande y sangrante, por el que también se va la respiración y el color del entorno. Tu padre tampoco podía creérselo, y se empeñó en buscar otras opiniones, porque supuestamente los niños eran fuertes y sanos, y la leucemia no podía habitar en ellos.
Pero lo hace. Vivía en ti, consumiéndote, robándote el color de las mejillas y arrancándote esos preciosos rizos castaños. Se suponía que la quimio te ayudaría, pero sólo te hizo vomitar y dejar de jugar, porque la cama resultaba más tentadora que tus muñecas. Y mientras tanto, tu padre y yo sacábamos fuerzas de a saber dónde, nos prestábamos los hombros para llorar en silencio y de vez en cuando, permanecíamos abrazados en un intento desesperado por no sentirnos tan solos.
La psicóloga del hospital insistió en continuar con la labor de tomar fotos, misma que yo había dejado de lado; he de reconocer que el personal de cancerología era otra cosa, siempre desbordando amabilidad y calidez, aunque estas no siempre alcanzasen el alma. Al principio, no me apetecía hablar con nadie, pero con forme pasaron los días entablé amistad con otras madres, y sin miedo a ruborizarme confieso que pasé ratos muy agradables junto a ellas, en especial, cuando la psicóloga nos ponía a jugar o a hacer manualidades. Y estoy segura que te alegrabas por mí, esos días casualmente te mostrabas de mejor humor, con más ganas de jugar e incluso, más conversadora. Sin embargo, y esto sí que me avergüenza reconocerlo, cuando una de ellas perdía a su pequeño, yo rezaba porque no fueses tú la próxima, porque ocurriera un milagro y el proceso del cáncer remitiera.
Y una noche, en la que no hacía ni frío ni calor, justo después de contarte el tradicional cuento y antes de darte un beso en la frente, me preguntaste:
—¿Mami, qué pasa cuando nos morimos?
Me quedé helada con tu pregunta. La sola palabra «muerte» me engarrotaba los músculos, pero así, salida de tus labios y en ese tono tranquilo e ingenuo, me conmocionó sobremanera. Mi intención primera fue reprenderte, decirte que no pensaras en esas cosas tan feas pero, y no sé si por compasión o inspiración divina, opté por responderte que tras morir, nuestro espíritu se convertía en una estrella.
Tú luciste complacida, convencida de la veracidad de mis palabras igual que una monja cree en el espíritu santo; me sonreíste como nunca y, apenas acabar yo de darte un beso, cerraste los ojos. Fue cuando comenzó el caos para mí, cuando la pesadilla se convirtió en película de horror. En especial, por el maldito pitido ininterrumpido y agudo de la máquina que se suponía, marcaba el ritmo de tu pulso.
No obstante, el ritmo se había terminado, la melodía de tu dulce voz jamás se volvería a escuchar; durante los siguientes meses, mi entorno sería en blanco y negro, las lágrimas mis únicas compañeras y los lamentos, una forma de decir algo, de expresar un dolor tan profundo como el propio averno.
Recuerdo el día en que llegaste, así, anunciándote sin palabras, y la noche en que te fuiste, también: regalándome la sonrisa más maravillosa y sincera, cargada de un sentimiento puro pero sobre todo, de la ilusión que sólo un niño puede mantener ante las adversidades.

La ilusión de que tras morir, se convertirá en una estrella.

1 comentario:

  1. Itzabella.

    Conmovedor.

    Esta tierra...
    ... escenario de tantas penas...


    Saludos.

    Un agrado leerte.

    ***

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