Ps, ps, te estoy hablando a ti.
Ven, siéntate, quiero contarte algo.
Sólo por favor, no tiembles,
Que el terror humano me vuelve loco,
y aunque me encantaría,
a los invitados no se les posee, ¿verdad?

sábado, 16 de noviembre de 2013

Ricitos de oro



—¡Alexa, se te hace tarde!

La susodicha refunfuñó y giró sobre su costado. Contaba con pocas horas de sueño; la universidad era una hazaña que no le dejaba mucho tiempo libre, ni para establecer una vida social ni para dormir. Suspiró resignada a levantarse e iniciar otro día de escuela. Confirmó a su tía que estaba despierta y se metió al cuarto de baño a fin de darse una de esas duchas relámpago.

Llevaba ya un semestre viviendo con su tía. Ésta era hermana de su madre y en vista de que su carrera se hallaba allí, le ofreció hospedaje, comida y cuando se podía, transporte. Tenía también una prima adolescente: Angie, dueña de una melena rubia que se ensortijaba hasta el nivel de los hombros y, a quien ella apodaba «Ricitos de oro».

La casa se ubicaba fuera de la ciudad, en las lindes de un bosque de extensas magnitudes y espesura. Alexa debía caminar un tramo y después tomar dos autobuses para llegar a la escuela, en donde mantenía excelentes notas así como una buena relación con sus familiares; les estaba muy agradecida, en especial a Angie. La chica le había cedido su habitación mientras ella ocupaba la de huéspedes.

Bajó y de inmediato la discusión que su prima y tía mantenían se vio cortada. La mujer le sonrió a medias y le sirvió el desayuno, Angie permaneció en su puesto con la mirada gacha y los puños apretados sobre el regazo. Alexa fingió demencia; desde hacía un par de semanas las otras dos féminas de la casa sostenían una discusión cuyo núcleo, según Alexa, giraba en torno a algún pretendiente de la chica. ¿Cómo había llegado a dicha conclusión? Bien, la exclamación por parte de su prima: «¡No haré siempre tu voluntad!» bastaba. Eso y que vamos, también había sido adolescente y discutido con su madre por algún muchacho.

Abandonó la vivienda y transcurrió la mañana de lo más tranquila. Al retornar, encontró una nota de su tía pegada en el refrigerador: «te esperamos en el claro de siempre, hoy merendaremos ahí». Sonrió entusiasta. El bosque era un lugar que la relajaba, a menudo solía ir a estudiar en el abrazo de su magnífica vegetación. Arrojó la mochila en el sofá y salió por la puerta trasera.

Al instante su sentido del olfato se deleitó con los diversos aromas perceptibles, una brisa fresca acarició su rostro pecoso y revolvió sus cabellos castaños sujetos en media coleta. Caminó entre los árboles con aire distraído, concentrada más en Davis, el chico de la facultad que tanto le atraía pero que, por desgracia, era demasiado tímido como para declarársele. Porque Alexa estaba segura de que sentía algo por ella, las miradas que le lanzaba y las atenciones que le daban no podían ser mera coincidencia. Claro que, tampoco es que ella fuese muy valiente como para confesarle sus sentimientos por él.

Se detuvo de repente, al percatarse de que un silencio abrumador había caído sobre ella y su entorno. Miró en todas direcciones, sin reconocer el lugar. ¿Era posible que se hubiese extraviado? Giró sobre su eje en busca de los listones rojos que Angie colocaba en las ramas con el propósito de orientarse por el camino correcto.

No los encontró.

El corazón se le desbocó en un frenético palpitar. Sus músculos se agarrotaron cuales miembros de cartón; intentó sosegarse en vano, pues no lograba ahondar en sus respiraciones. «Tienes que calmarte, Alexa»; se dijo a sí misma. «Vuelve sobre tus pasos». Sí, eso sin dudas la devolvería a la casa. Se dispuso a acatar sus pensamientos, mas un repentino chasquido la frenó en seco.

—¿Quién está ahí? —preguntó con la garganta seca.

Nadie respondió.

Un pánico irracional se apoderó de sus sentidos. De pronto todo lo que la rodeaba era monstruoso, más grande. Y si a eso se le aunaba que la luz escaseaba, su imaginación apostaba en su contra. En un arranque se lanzó a ninguna parte y corrió despavorida; necesitaba huir de lo que le erizaba hasta la médula, ese algo que existía y no, verosímil en los rincones más oscuros de su mente. Aquello que atormentaba incluso al más valiente: el miedo.

Sin darse cuenta se adentró en el corazón del bosque. Uno siniestro y mudo, donde las tonalidades fueron opacándose hasta volverse penumbras, cada forma agigantada y retorcida; los ruidos de sus pies crujían ensordecedores al pisar las hojas secas, entre la flora cientos de voces susurraban su nombre.

Se detuvo obstaculizada por una muralla vegetal que  envolvía a una mujer en extremo pálida, con los ojos en punto muerto, los brazos a cada lado del cuerpo y en el cuello, una soga fingía ser la joya predilecta de la muerte.

Alexa retrocedió y dio un alarido de terror al reconocer el cadáver: era su tía. Negó frenética, su espalda chocó contra el tronco de un árbol. Fue entonces que su miedo inicial tomó forma: no era un espíritu, no era simple paranoia suya; era real, un ente de carne y hueso, uno que había acabado con la vida de la mujer que tenía al frente.

Lo que en un inicio la acechó desde las sombras volvió a acosarla y ella, no dispuesta a dejarse atrapar se dio a la fuga. Una imagen se manifestó en su cabeza: Angie. Debía encontrarla antes de que el asesino de su madre lo hiciese primero. Las ramas bajas la arañaron y despeinaron; su blusa se rasgó, sus jeans se ensuciaron a causa de las diversas caídas. Estaba segura de que el criminal la seguía, de que se burlaba de su desesperación y su inútil intento por huir. Y es que cuando el depredador se propone atrapar a su presa… no hay nada ni nadie que lo detenga.

Alexa buscó alcanzar la carretera, encontrar a alguien que la auxiliase, pero entre más corría más parecía perderse. La noche se irguió amenazante sobre el firmamento, lo  cubrió con un manto de tinieblas. Los grillos y las ranas gritaban más que cantar; el viento antes agradable, ahora calaba sus huesos y los estremecía. Gotas de agua comenzaron a caer, frías, afiladas como agujas que le hirieron la piel.

Sus fuerzas se agotaron y ella cayó rendida, embarrada de lodo gracias a la tormenta recién desatada. Sólo en ese momento se permitió llorar, estaba asustada y sola, seguro el asesino ya había capturado y acabado con su prima. Faltaba ella. Se acurrucó aún sollozante, con la certeza de que su perseguidor la tenía atrapada. Lo sentía ahí, detrás de los arbustos, escondido entre los troncos de aquellos árboles.

Entonces, una luz titiló de improviso antes de desparramarse sobre el cuerpo agazapado. Alexa parpadeó y se obligó a enfocar, experimentando un gran alivio al identificar a la figura visitante.

—¡Angie…!

No terminó la frase. Sus ojos se dilataron a la vez que, por instinto, se pegaba a los matorrales tras ella. La chica rubia delante de ella esbozó una sonrisa torcida y tiró la linterna que llevaba en una mano, con la otra alzó el hacha con la que acostumbraban a cortar leña para la chimenea.

—¿Pero qué…? —balbuceó Alexa, paralizada de terror.

Angie dejó caer el arma con trayectoria a una pierna de Alexa quien, en un acto reflejo se apartó. ¿Qué demonios le ocurría a su prima? Con un grito salvaje, la adolescente repitió el gesto, esta vez el hacha dio en el blanco: desgarró el músculo hasta alcanzar el hueso y lo destazó, el clamor de Alexa hizo eco. Un relámpago iluminó la expresión demente de su prima, la luz de la linterna se derramaba sobre ella desde abajo, dándole un aire demoniaco.

—¿Por qué estás tan asustada, prima? —preguntó la chica con los ojos brillantes y el pelo revuelto, Alexa sollozaba y gritaba al mismo tiempo, aunque sin saber si era de dolor o de terror puro—. No tienes por qué. Después de todo, tú ocasionaste esto.

Alexa se tragó un nuevo berrido y preguntó.

—¿De qué… de qué hablas?

Su prima soltó una risita entre dientes.

—Tú eres ricitos de oro, prima —susurró con voz maléficamente tierna—. Tú y sólo tú. Porque bebiste mi leche, destrozaste mi sillita y te acostaste en mi cama. Yo, soy el pequeño osito… y estoy muy enojada.

Quizás si Alexa hubiese intervenido en las discusiones de las semanas pasadas sabría que su prima jamás la quiso en casa. Y principalmente, se habría enterado de su esquizofrenia.

Desde hacía un par de meses, Angie se había negado a tomar más pastillas.

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