Ps, ps, te estoy hablando a ti.
Ven, siéntate, quiero contarte algo.
Sólo por favor, no tiembles,
Que el terror humano me vuelve loco,
y aunque me encantaría,
a los invitados no se les posee, ¿verdad?

viernes, 1 de noviembre de 2013

Bonsái


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—Me encanta la algarabía que tienen.

Carmen y María apartaron las miradas de sus respectivos móviles. Hasta ese momento, se habían limitado a enviarse SMS en donde cotilleaban acerca de los chicos que les molaban, no iban a contarle a la señora Ramírez lo ardiente que las ponía Javier, ¿verdad?

—Déjalas, querida, así es la juventud de ahora —comentó el padre de María.

—En serio, niñas, se les van a deformar los dedos de tanto teclear.

—En realidad no, mamá —se atrevió a decir María—. Los móviles ahora son touch, ¿recuerdas? Con eso sólo usamos un dedo para escribir.

Su madre bufó.

—Hazte la simpática.

—Yo siempre, mami.

La mujer puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos. No obstante, se abstuvo de sermonear a las chicas, sabiendo de sobra que les entraría por un oído y les saldría por el otro.

Por su parte, María aprovechó para mirar a través de la ventana. Todos los veranos eran lo mismo, desde que tenía cinco años de edad: a sus padres les gustaba pasar las vacaciones en un bosque alejado de la civilización, y para que María no se aburriese, le permitían invitar a su mejor amiga, Carmen. A diferencia suya, María tenía el cabello castaño claro y los ojos verdes, mientras que su amiga, poseía una cabellera oscura cual ala de cuervo, en contraste con una faz en forma de corazón que le daba un aire adorable.

—Hey, ¿no es esa la señora Robledo?

Las dos chicas alzaron el cuello con disimulo. Más adelante, un taxi se aproximaba con un traqueteo, y en el asiento del copiloto, efectivamente, se veía a la persona mencionada por el padre de María. La señora Robledo era una anciana, a la que Carmen y María se la pasaban calculándole la edad, ya que desde que la conocían, conservaba la misma apariencia encorvada, el pelo blanco sujeto en un moño muy apretado y el rostro cubierto de arrugas. También, desde que recordaban, la mujer había vivido en el mismo lugar, a una mediana distancia de la casa en donde ellos solían quedarse.

—Sí, es ella —la mamá de María parpadeó, asombrada—. Parece que se va de viaje.

El padre de María hizo sonar el claxon, con lo que el taxi se detuvo a la par de ellos. Tanto María como Carmen evitaron cruzarse con los ojos de la mujer, tan negros e intensos que temían que si las miraba por mucho tiempo, les haría un agujero en la frente.

—Buenas tardes, señora Robledo —saludó la madre de María con una amable sonrisa—, qué gusto verla, ¿cómo ha estado?

—Muy bien, querida —la anciana le regresó el gesto—. Aunque me temo que estas vacaciones no podré ir a cenar con vosotros, mi nieta me ha invitado a pasar el mes con ella.

—Oh… no sabía que tuviese nietos.

“Y yo no puedo creer que tenga hijos” (1), le comentó Carmen a María por SMS. La castaña apenas y pudo aguantar una carcajada.

—Sí, es mi única nietecita, hace unas semanas cumplió ocho años.

“Pobre criatura”, tecleó María, su amiga soltó una risita por lo bajo, ganándose una mirada de advertencia por parte del padre; no necesitaba leer los mensajes de esas dos para adivinar lo que se secreteaban.

—Pero qué adorable —respondió la madre de María con sincera ternura—, le deseo entonces que lo pase muy bien con su pequeña.

—Ya lo creo que sí —asintió—, de hecho, le he conseguido un par de muñecas que casi parecen reales, seguro que le encantan.

—Seguro que sí.

—Que tengan un lindo verano —se despidió la mujer y agitó una mano—, espero verlos el próximo año.

—Igualmente, señora Robledo.

—Que se diviertan, niñas —agregó la mujer hacia las dos adolescentes.

—Gracias, señora Robledo —musitaron ellas a un tiempo.

El taxi prosiguió su marcha, al mismo tiempo la familia continuó con el trayecto hacia la “cabaña vacacional”, Carmen y María no perdieron tiempo y se enfrascaron en una conversación escrita por medio de sus teléfonos.

“Esa mujer me da escalofríos”, empezó la pelinegra. “Tiene los ojos iguales a los de la vieja que aparece en la peli de Legión” (2)

“No seas cruel”, le refutó María. “La de Legión no da tanto miedo”.

“Jajaja, eso sí… aunque a mí me sigue pareciendo increíble que tenga hijos. ¿Quién se los habrá hecho?“

“Ni idea, pero a mí también me sorprende. ¿Y por qué nunca hemos visto a su marido?”

“No lo sé. A lo mejor se dio cuenta del pecado que había cometido y la dejó”.

“O con esa mirada, tal vez lo haya convertido en piedra, igual que Medusa (3). Seguro que lo tiene de adorno en su sala”.

“Jajajaja, apuesto a que sí. ¿Sabes? Siempre he querido saber cómo es por dentro la casa de esa vieja rara. ¿Te has fijado que nunca nos ha ofrecido pasar, ni cuando le llevamos ese pastel de moras que le hizo tu mamá?”

“Sí, es cierto. ¿Qué tal si esta noche vamos a su casa a husmear? No es que sea cotilla, pero me gusta saber”

“Ya, pero, ¿cómo llegaremos? Porque al menos, lo que soy yo, no recuerdo dónde diantres queda la casa”.

“Oh, despreocúpate, que yo sí que me acuerdo. Ya verás, confía en mi memoria fotográfica”.

Carmen rió entre dientes, pero sin dudar ni por un segundo de su mejor amiga.

Alcanzaron la cabaña en pocos minutos. Carmen y María se apresuraron en desempacar sus cosas en la habitación que compartían cada año, al bajar ya las esperaba un suculento almuerzo, preparado por la madre de María. El resto de la tarde se la pasaron entre juegos de mesa, chismorreos y risas animadas, luego de la cena ambas subieron a su dormitorio para alistar los últimos detalles de la expedición. Acordaron no salir sino hasta que los padres de María se hubiesen dormido, asegurándose de llevar consigo dos linternas y una brújula.

—¿Sabes qué no pensamos? —comentó Carmen, con una mano sostenía la linterna con la que alumbraba su caminar, más adelante, María hacía lo mismo con la otra linterna, en la mano libre llevaba la brújula—. ¿Cómo vamos a entrar a la casa de la señora Robledo? Porque dudo mucho que haya dejado las puertas abiertas de par en par.

—Oh, despreocúpate —María hizo un ademán displicente—. Las puertas de estas cabañas no son muy sofisticadas que digamos, así que será pan comido abrir alguna con una horquilla de pelo.

Carmen rió.

—Hay que ver, yo tú dejaba de estudiar y me unía a una panda de ladrones, amiga. Al paso que vas seguro que no tardas en saber cómo se abre una caja fuerte.

María soltó una carcajada y le enseñó el dedo de en medio. No obstante, hubo un sonido de rama quebrándose más allá, con lo que las dos se detuvieron, dudosas en continuar con la caminata.

—Seguro fue una ardilla —argumentó María.

—¿Hay ardillas nocturnas? —preguntó Carmen sin poder ocultar su tono dubitativo—. No sé tú, pero a mí este lugar me da escalofríos —agregó y tragó en seco ante el ulular de un búho escuchado en la distancia—, está como para firmar una película de terror.

María se volvió para mirarla.

—¿Tienes miedo? —inquirió en tono socarrón.

—No, no tengo miedo —puntualizó la muchacha con el entrecejo fruncido—. Yo te dije que quería entrar a esa casa, no? Pero debes admitir que a esta hora, el bosque no parece precisamente sacado de un cuento de hadas.

María echó un vistazo a su alrededor. Era cierto, a esas horas, las sombras del bosque se veían más altas, los troncos de los árboles formaban caras, las ramas, garras dispuestas a atraparlas de un momento a otro.

—Bueno —dijo un tanto intimidada—, si quieres, podemos regresar.

Carmen suspiró.

—No, si no aprovechamos esta oportunidad, no sabremos nunca qué hay en la casa de la vieja loca, y la verdad que me come la curiosidad.

María asintió, consultó por tercera vez su brújula y siguió con su andar, detrás de ella fue Carmen.

Llegaron a la cabaña en menos tiempo del que habían calculado. Ya bien fuera de día o de noche, la casa de la señora Robledo siempre parecía estar rodeada de una bruma, además de no contar con ventanas de cristal, sino con persianas de madera que parecían no haber sido abiertas en años. María probó abrir la puerta principal con una horquilla de pelo, pero para su sorpresa, tanto su técnica como su herramienta de apertura, fracasaron.

—¡Qué fiasco! —la castaña dio una patada contra la puerta—. ¡Al final hemos venido aquí para nada!

—¿No tendrá una llave bajo el tapete? —Carmen se apartó de la alfombrilla que pisaba y la levantó de una punta—. Humm, no. Parece que hoy la suerte no nos acompaña. Tal vez podríamos venir mañana, pero mejor armadas.

María estaba a punto de soltar una nueva retahíla de improperios y de propinar otro puntapié, cuando sin previo aviso, se escuchó un click, seguido del ligero rechinar de la madera al entreabrirse la puerta.

—Eh… —dijo parpadeando, detrás de ella Carmen había abierto enormemente los ojos—. ¿La patada la aflojó?

—Y un cuerno —Carmen se frotó un brazo—. María, yo digo que mejor regresemos.

—¡Ni hablar! —rabió la aludida—. Ya estamos aquí, además, fue tu idea. Ahora entramos.

Agarró a Carmen de la muñeca y prácticamente la arrastró al interior de la casa. La luz de las linternas alumbró un recibidor y una sala en perfecto orden, si bien la decoración no estaba a la última moda, tampoco era cosa del otro mundo.

—Parece que nos equivocamos con la señora —María se rascó la cabeza—. Pero entonces, ¿por qué nunca nos ha invitado a pasar?

—No hay luz —Carmen jugueteó con el interruptor que había en una pared—, seguro la señora Robledo la ha cortado antes de salir.

—Bueno, allí hay una telaraña —María dio un respingo y se apartó del ejemplar de ocho patas—. En serio, no me digas que es lo más terrorífico que vamos a encontrar.

Vio a Carmen dirigirse hacia la cocina, ella se entretuvo con las fotografías que se alineaban encima de la chimenea, primero mostrando a la señora Robledo sosteniendo un bebé, luego abrazando a una niña, la tercera reflejaba a una adolescente y la cuarta, a la anciana, acompañada por otra mujer, quien llevase en brazos un bulto envuelto en mantas.

—Vaya, lo de su nietecita no era mentira.

De repente, un grito agudo le atravesó los nervios, más aún, al reconocer el timbre de su amiga en él. Corrió en dirección al lugar donde la había visto adentrarse, Carmen había dejado caer la linterna y permanecía inmóvil, temblando a mitad de la estancia.

—Carmen, por todos los santos, ¿por qué has…?

—¡Eso! —exclamó la chica con voz entrecortada—. ¡Mira eso!

María apuntó con la linterna al lugar señalado por Carmen. En la pared del lado derecho, había una repisa larga, que a su vez sostenía una serie de frascos cuyo contenido hizo estremecer a María: ojos, dedos humanos, lenguas y labios recortados, todos dentro de algún líquido que los conservaba. Pero el más impresionante, era el frasco que se hallaba en un extremo, tras cuyas paredes se aplastaban cuatro patas, un lomo peludo y una cara, los ojos abiertos de par en par, como finas agujas brillantes.

—Santa virgen de la Patagonia… —murmuró María con un hueco en el estómago—. ¿Cómo… cómo cojones metió un gato ahí?

—Yo… yo… —balbuceó Carmen, todavía con el corazón golpeándole fuerte contra el pecho—. Alguna vez leí sobre eso, sobre los gatos bonsái, pero decían que no era posible, que fue una broma realizada por un chico norteamericano.

—Pues ya ves que sí es posible —María apartó la mirada del horror envasado—, parece que la señora Robledo nos salió medio bruja, apuesto a que hay más barbaridades en su habitación.

—No me salgas con que quieres ir a ver —ambas abandonaron la cocina—. María, mejor regresamos a casa.

—Oh, no seas quejica —la castaña corroboró que las fotos que había sacado con el móvil se vieran bien—, podríamos hacer un vídeo y subirlo a Youtube.

—Pero…

—Pero nada —la sujetó por un brazo y la obligó a subir las escaleras—. Vamos.

Carmen suspiró, se mordió el labio pero al final siguió a María, por más que le asustase el sitio no podía dejarla allí sola. Caminaron con el silencio como único compañero, para su alivio el segundo piso sólo contaba con dos habitaciones, la primera tenía pinta de haber pertenecido a la hija de la mujer, la segunda estancia, era sin dudas la recámara de la señora Robledo: su decoración era sobria, con una pared tapizada de libros, una cómoda con uno de los cajones semi abierto y, a la derecha, un armario de considerables proporciones.

—¡Eureka! —exclamó María en voz baja, iendo a coger uno de los ejemplares—. Mira esto: “El arte de invocar a señores infernales”. ¡Tenía razón, es una bruja!

—Y mira aquí —Carmen se había animado a registrar el cajón semi abierto, encontrando una serie de fotografías en blanco y negro. La primera, mostraba a una señora Robledo más joven, vestida de novia y al lado de un hombre muy apuesto, las otras parecían haber sido tomadas de improviso, retratando a ese mismo hombre, en compañía de otras mujeres—. Parece que después de todo, su marido sí le puso el cuerno.

—¿Qué le habrá pasado? —María continuó con la inspección a lo largo de la habitación—. ¿Crees que lo haya matado y oculte su cuerpo en algún lado?

Abrió el armario. Se arrepintió enseguida de lo que había dicho. Fue incapaz de reprimir un alarido, Carmen se giró y estuvo a punto de desmayarse. Allí, recubriendo cada espacio del armario, había una docena de frascos, con cuerpos retorcidos inexplicablemente en su interior, de la misma manera en la que estaba el gato en la cocina. Lo más siniestro era que cada uno denotaba, como si hubiesen sido colocados así apropósito, las hendiduras que reflejaban la ausencia de alguna extremidad. Las mismas extremidades que flotaban en los recipientes de abajo.

—Oh, santo Cristo —Carmen necesitó agarrarse al mueble para no desplomarse—, son… son… las amantes… y ese de ahí… al que le faltan los ojos… es el marido.

—Joder… —María retrocedió, su expresión pálida dejaba en claro que la excursión ya no le parecía tan emocionante—, hay que salir de aquí, esto tiene que saberlo la policía y…

Se auto cortó al escuchar el bufido felino. Despacio, se volvió en dirección a la puerta, la luz de su linterna calló sobre el cuerpo deforme y los ojos como agujas, el pelo en la parte del lomo estaba erizado.

—Es… es el gato —gimió Carmen al borde del llanto, aferrada a la blusa de María—. María, el… el gato bonsái está caminando…

—No dejes que te toque —María empujó a su amiga hacia atrás y alzó la brújula, dispuesta a quebrársela al gato en la cabeza—, tengo un mal presentimiento sobre esas garras.

Carmen tenía un mal presentimiento sobre todo. El gato saltó de improviso, María le arrojó la brújula y le dio en un ojo, al mismo tiempo empujó a Carmen hacia la salida.

—¡Corre!

—¡No puedo dejarte!

—¡Sí puedes! ¡Corre!

Carmen dudó, mas al final salió disparada por el pasillo, María se giró hacia el gato y le aventó el libro que había sacado, acertándole en la cabeza. El animal maulló enloquecido, la castaña estaba dispuesta a quitarse una zapatilla para arrojársela, pero el alarido de Carmen la paralizó.

Salió de la estancia como alma que lleva el diablo, teniendo el cuidado de jalar la puerta, el gato bufó y arañó la madera, desesperado por salir. Bajó las escaleras y se abalanzó contra la entrada principal, pero esta permaneció cerrada, por más que María forcejeó con ella esta no cedió.

Los pasos en la cocina la sobresaltaron. Se volteó, la figura que surgió de ella hizo que tirara la linterna del susto. Sobre todo, porque entre sus manos sostenía un frasco, que almacenaba un cuerpo introducido a la fuerza, un cuerpo y un rostro que ella conocía muy bien.

El cuerpo de Carmen.

—¿Has escuchado la expresión que dice: “la curiosidad mató al gato”? —el gesto de la señora Robledo era bestial, casi demoniaco—. Pues aquí es al revés, porque vuestra curiosidad lo ha devuelto a la vida.

María se aplastó contra la puerta, esta vez, con lágrimas en los ojos, aunque no sabía si eran de rabia o de terror.

—Pero usted…el taxi… usted…

La señora robledo curvó los labios en una sonrisa demente, por fin, su gato bonsái había conseguido salir y bajaba las escaleras. En cuanto la alcanzó se restregó en sus piernas, si bien sus ojos estaban fijos en María, destilando un brillo que la hizo temblar.

—Sí, pero recordé que tenía que regresar, después de todo, quedé en llevarle a mi nieta un par de muñecas —agitó el frasco que contenía a Carmen—, de esas que parecen reales.

María gritó, a pesar de que nadie podría escucharle, la imagen del gato bonsái saltando sobre ella se gravó a fuego vivo en sus pupilas.

 

***

1. La redacción de los SMS entre Carmen y María no son, ni por asomo, como los que suelen enviarse en la realidad, pero debido a las normas establecidas en esta página, se han escrito sin faltas ortográficas ni abreviaturas.

2. “Legión o “Legión de Ángeles” es una película de fantasía apocalíptica dirigida por Scott Stewart, estrenada en el año 2010.

3. Medusa era un monstruo ctónico femenino, perteneciente a la mitología griega, que convertía en piedra a aquellos que la miraban fijamente a los ojos. Fue decapitada por Perseo, quien después usó su cabeza como arma.

4. El gato bonsái es un bulo de Internet difundido por la página web bonsaikitten.com a finales del 2000, especialmente en Estados Unidos. La web daba instrucciones sobre como embotellar un gato para utilizarlo como motivo ornamental, del mismo modo que un Bonsái. Poco después del nacimiento, el gatito es supuestamente colocado en un recipiente de vidrio permitiendo que al crecer adopte la forma del recipiente que lo contiene.1

El gatito supuestamente respira a través de unos agujeros perforados en el cristal y puede ser alimentado y expulsar sus excrementos a través de sondas. El animal tiene una finalidad exclusivamente ornamental, en lugar de ser cuidado como una mascota. La página web permitía a la gente que estaba interesada fabricar su gato bonsái comprar el equipo necesario, aunque realmente era mentira. Además como acreditación se incluían fotografías del resultado, aunque todas eran montajes fotográficos.

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