Ps, ps, te estoy hablando a ti.
Ven, siéntate, quiero contarte algo.
Sólo por favor, no tiembles,
Que el terror humano me vuelve loco,
y aunque me encantaría,
a los invitados no se les posee, ¿verdad?

viernes, 1 de mayo de 2015

Golpes de la vida



 

Adriana esperaba, sentada en el piso de su celda, a que la vida ejecutase su siguiente jugada. Una jugada que estaba segura, no sería para nada limpia. Antaño, Adriana había creído en muchas cosas, incluso en esas estupideces que proclamaban que el universo estaba a favor suyo, que la vida sólo deseaba su total plenitud y felicidad. Por ello, cuando aceptó acompañar a Elisa a aquella marcha, creyó que todo iría bien, que aunque estarían bajo el ardiente sol durante toda la mañana, acabarían después riéndose de cualquier cosa, sentadas a resguardo del calor en una heladería.

Por eso, cuando el caos se desató y los disparos retumbaron en todas direcciones, Adriana creyó que estaba teniendo una maldita pesadilla, de la cual despertaría en cuanto su reloj sonase estrepitosamente. Pero el puñetero reloj no sonó, y la pesadilla, tampoco cesó. En ese momento y a una velocidad pasmosa, Adriana comprendió que todas aquellas sandeces sobre el universo y su perpetua felicidad eran mentira. Entendió, con horror y desolación, que la vida también daba golpes, y que fuera cual fuese el Dios que había en las alturas, permanecía impasible, sordo a los gritos de los estudiantes, como mismo permanecieron los ciudadanos a su alrededor, demasiado preocupados por esconderse o desviar las miradas.

Sin embargo, la desilusión y el espanto no fueron las únicas bofetadas que  Adriana recibió. Con los ojos vendados y las manos amarradas a la espalda, Adriana fue víctima de sendas palizas que le amorataron los costados y le deformaron la faz. Recibió, también, la peor cogida que le habían dado desde que tenía dieciséis, porque la vida, cabrona como era, la había confundido con una puta.

Pero Adriana no era una puta, como tampoco lo era Elisa. Si al menos les hubieran explicado qué ocurría, en dónde estaba su gran pecado, porque ellas no habían hecho nada malo, salvo acudir a una marcha para evitar que a Elisa le dieran de baja. Entonces, ¿por qué aquellos hombres les pegaban y las violaban? ¿Por qué Dios se mantenía al margen, como si las odiara? ¿Por qué la gente que lo vio todo no hizo nada? ¿Por qué, si la vida confabulaba por su bienestar, permitía que las ultrajaran de aquella manera?

Adriana se dormía con estas interrogantes, y despertaba repitiéndose que ella era una buena persona. Mas conforme los días pasaban, su convicción mermaba de a poco, y su esperanza, agonizaba. De pronto se llevaron a Elisa, y Adriana lloró y gritó como si le hubieran arrancado un brazo, porque hasta ahora Elisa era la única compañía amable con la que contaba. Intentó convencerse de que regresaría, de que los hombres se la habían llevado únicamente para satisfacer sus perversiones, pero con cada minuto que se desgranaba en su reloj de muñeca, Adriana perdía la fe.

Se preguntó por qué los hombres le habían dejado conservar el reloj, y concluyó que estaban aliados con la perra vida, gustosos de que sufriera sin descanso, y de torturarla no sólo a base de chingadazos, sino también, de la desesperación. Porque no existía peor castigo que la espera, la incertidumbre de no saber qué vendrá a continuación, en especial, si de antemano se sabe que no será nada bueno. Así que Adriana lloraba a cada minuto, llamaba a Elisa a voz en grito, hasta que uno de sus captores golpeó la puerta con un puño y le vociferó que se callase, por lo que Adriana optó por acurrucarse y sollozar en silencio.

Se durmió y volvió a despertar, y cuando finalmente se incorporó, no supo cuántos días habían pasado, o si siquiera había transcurrido un día, o sólo un par de horas. Cuestionándose eso estaba cuando vinieron a buscarla, y por quincuagésima vez le vendaron los ojos y le ataron las muñecas. A trompicones, magullada, apestando a orina y excrementos, Adriana salió de su celda, conducida por los hombres a través de un largo pasillo.

—¿A dónde vamos? —preguntó con voz rota y temblorosa.

Pero el hombre que caminaba a su espalda le dio un fuerte golpetazo, el cual se agregó a la colección de madrazos que ya tenía, y que le cortó la respiración. Se abstuvo de hacer más comentarios hasta que por fin se detuvieron, con brusquedad la lanzaron a una nueva estancia, antes de liberarle los ojos y las manos de obstáculos.

No obstante, la nariz de Adriana fue mucho más rápida, captando casi al instante el olor intenso y dulzón. Parpadeó, porque en esa nueva celda había una luz que deslumbraba, y hacía mucho que los ojos de Adriana no captaban la más mínima claridad.

Entonces, lo vio. Era una cosa, una cosa tremenda, una pelmaza de carne y músculos, un guiñapo morado y carmín, por el que se expandían mordiscos y diversos tajos, por el que se atisbaba una mano, un pie y un seno como reventado. Pero no, no era un pecho, aquello no podía ser un pecho, debía ser una fruta madura exprimida, sí, una manzana que explota al caer del árbol. Adriana recorrió la cosa con la mirada, hasta tropezar con unos ojos que conocía bien, porque los había visto desde que tenía seis años, desde que entrase a la primaria «Benito Juárez.»

Eran los ojos de Elisa.

Algo en Adriana se rompió, abrió una zanja oscura dentro de ella, por debajo de la piel, de los hematomas y la costilla rota, porque aunque era fuerte y había aguantado un montón de cosas, aquello simplemente la sobrepasó. Balbuceó algo inteligible y retrocedió unos pasos, aturdida y conmocionada por el nuevo golpe que la vida le había propinado. Hondo, llameante, el dolor que sentía en su interior la hizo caer de rodillas y vomitar, bilis y agua esparciéndose por el piso, hasta llegar al irreconocible cuerpo de Elisa.

Rompió a llorar, culpable por haber manchado el cuerpo de su compañera, furiosa por las risas que se oían al otro lado de la puerta. Tuvo otra arcada y vomitó de nuevo, procurando hacerlo esta vez al lado contrario, para no salpicar a Elisa. Hipó, se ahogó en sus lágrimas y volvió a hipar, sintiendo que entre más inspiraba, menos aire se filtraba en sus pulmones. Muerta, Elisa estaba muerta, y Adriana no había podido hacer nada para evitarlo. Chilló, tiró de su enmarañada melena y le arrancó gruesos mechones, que fueron a mezclarse con la porquería que ella misma había expulsado. Le hubiese gustado arrancarse a tiras la piel, y abrigar con ella el cuerpo helado de Elisa, pero sólo pudo gatear hasta ella y acunar su cabeza entre las manos.

Besó su frente con infinita ternura, porque eso era lo que se merecía de la vida, un beso y no un puñetazo, no un mordisco ni una cuchillada. Su Elisa, su adorada Elisa, la que le había enseñado a jugar matatena, la que compartía sus dulces preferidos y que amaba el cine, la música y los libros; la que siempre tenía una sonrisa para el compungido, la que la tomaba de la mano y que disfrutaba enviándole cartas por correo tradicional, aun y cuando ambas vivían en la misma ciudad. Elisa, picante y dulce a la vez, audaz y tierna en la cama, convertida en una burla y una blasfemia de todo lo que fuese en el pasado.

—Cierra los ojitos, mi dulce angelito, que ya es la hora de dormir… —tarareó Adriana en un hilo de voz, meciendo su cuerpo atrás y adelante, mientras con una mano acariciaba el cabello de Elisa—. Buenas noches, hasta mañana, que Juan pestañas ya va a venir…

Y así, cantando una nana Adriana se perdió, se refugió tras las melódicas puertas de la música, porque era lo que Elisa hubiera querido, que fuera feliz. Recordó a su madre, a su padre, el sabor cremoso y explosivo del helado de chocolate con cereza, y la luz de luna que se filtraba por su ventana la última noche en la que ella y Elisa hicieron el amor. Por ello, cuando el heraldo de la muerte acudió a su encuentro no lo notó, no vio cómo alzaba la mano y tiraba del gatillo, cómo la bala viajaba hacia ella de forma inexorable y le abría un agujero en una sien.

Adriana cayó hacia un lado, con los ojos vidriosos fijos en ninguna parte. Del orificio en su sien se escurrió un denso hilillo de sangre, un filamento escarlata que se deslizó hacia las botas de los dos matones, como una lengua sanguinolenta que busca lamerles los pies. Asqueado, pero guardando las apariencias lo mejor que pudo, el heraldo negro se apartó de su trayectoria como que al descuido, como un niño mimado que detestase la idea de ensuciarse los zapatos.

—¿Ha estado de puta madre, eh? —le comentó su compañero con aire de complicidad y una sonrisa hilarante, vestido de negro igual que él.

Juan Carlos, a quien apodaban el heraldo negro de la muerte, asintió con vaguedad. Era el encargado de rematar a todos los estudiantes a los que les había llegado la hora, pero y, no sabía por qué, aquella muchacha había sido diferente.

Quizá, porque le recordaba que existían cosas peores que morirse.

sábado, 15 de febrero de 2014

Sin palabras

Esta historia participó en el concurso «Sin palabras», San Valentín 2014 (Potterfics)

Viniste al mundo un catorce de Febrero. Así, sin palabras, anunciándote con contracciones en mi vientre, tocando a la puerta de mi corazón. No te importó si estaba lista, y yo, ¿cómo rechazarte en una fecha como esa? Además, te había soñado, te había imaginado en todos los sentidos, tus ojos, tu nariz y tu pelo. Así que no hizo falta que pidieras permiso para llegar a mi vida, porque estaba más que dispuesta a dejarte entrar.
Y, oh mi Dios, la realidad superó las expectativas. Eras la cosa más linda, tus ojitos azules me cautivaron, ni qué decir de tu naricita respingada o tus manitas, tan pequeñitas pero a la vez, conteniendo el amor de todo el universo. Tu papá era otro caso, jamás lo había visto así, él, siempre tan serio, haciendo el ridículo delante de todos para robarte una sonrisa. Tu sola presencia trajo luz a nuestra casa, la tiñó de colores que nunca antes habíamos visto.
Fue sublime, simplemente mágico, ver tu evolución con el paso del tiempo, el cómo de pronto te paraste en tu cunita, agarrándote fuerte a los barrotes; una fuerza que a muchos de nosotros nos hacía falta en la vida misma, un gesto en el que tú ponías todo tu empeño. Admito que después de eso me diste uno que otro susto, porque lo siguiente fue ver tus intenciones de saltar fuera de la cama. En una ocasión te saliste con la tuya, y ambas terminamos llorando, tú por la hinchazón en la frente y yo, por no haber podido detenerte, sintiéndome la peor madre.
La siguiente maravilla fue escucharte decir «mamá». Ese día casi tiro la casa por la ventana, recuerdo que lo dijiste muy  temprano, así que tuve todo el día para invitar a familiares y amigos a comer. Ya sé, exageré bastante ante el hecho, pero incluso hoy día no me arrepiento. No me arrepiento de haber llorado en tus primeros pasos, no me arrepiento de haber lavado tu ropa un millón de veces luego de que quedase manchada con restos de comida. Para nada lamento haberte tomado el centenar de fotos, mucho menos, haber tenido que gastar una considerable cantidad de dinero en esos libros de cuentos infantiles.
No me arrepiento de nada, porque la recompensa de tus ojos iluminados era más que suficiente, el sonido de tu risa un aliciente a enfrentar al titán más grande del mundo, y la belleza de tus gestos inocentes una reflexión que superaba en profundidad a cualquier cosa dicha por Confucio. Mi niña, de ti aprendí tantas cosas, recuperé la capacidad de asombro, me reí de lo estúpidos que podemos llegar a ser los adultos pero, sobre todo, volví a creer en el amor incondicional.
Hasta que una mañana, todo cambió.
El sonido de tu dulce voz no fue lo que me levantó, tampoco lo hizo el de tus juguetes, ni lo primero que vi fueron los colores pasteles de tu pijama. Más bien, me desperté como un día cualquiera, muy parecido a los de antes de tu llegada. Me duché, me lavé los dientes y salí a buscarte a tu cuarto, convencida de que andabas metida en alguna travesura, porque como diría tu abuela, niño que no hace ruido es porque algo trama.
Mas no era nada de eso. Tú estabas allí, en tu camita, acurrucada entre las mantas con los ojitos cerrados. Me enternecí ante la placidez de tus facciones y te froté la espalda, alzándote sin querer la blusita.
Entonces, lo vi.
Eran oscuras, redondeadas y esparcidas en dirección vertical, siguiendo el camino de tu columna. Me asusté. Me asusté como no lo había hecho hasta ahora, más que cuando saltaste de la cama. Casi mato a un cristiano en mi afán por conducir rápido al hospital; odié la maldita burocracia, los estúpidos protocolos para que alguien te atendiera. Había dejado de ser una madre dulce y amorosa para convertirme en una loca posesa, capaz de matar a alguien con tal de que me dijeran por qué esos horribles hematomas manchaban tu blanca piel.
Dicen que la verdad nos hará libres, pero a mí ese día me mató. Porque no importa cuántos días vaya una a la iglesia, ni la fortaleza interna que se tenga, jamás se está preparada para oír que a tu pequeña, tu única y hermosa niña, le dan el diagnóstico de leucemia.
El tiempo se detiene, el mundo deja de ser mundo para convertirse en una pesadilla. No se sienten las piernas, ni los brazos, nada. Sólo un agujero en el pecho, grande y sangrante, por el que también se va la respiración y el color del entorno. Tu padre tampoco podía creérselo, y se empeñó en buscar otras opiniones, porque supuestamente los niños eran fuertes y sanos, y la leucemia no podía habitar en ellos.
Pero lo hace. Vivía en ti, consumiéndote, robándote el color de las mejillas y arrancándote esos preciosos rizos castaños. Se suponía que la quimio te ayudaría, pero sólo te hizo vomitar y dejar de jugar, porque la cama resultaba más tentadora que tus muñecas. Y mientras tanto, tu padre y yo sacábamos fuerzas de a saber dónde, nos prestábamos los hombros para llorar en silencio y de vez en cuando, permanecíamos abrazados en un intento desesperado por no sentirnos tan solos.
La psicóloga del hospital insistió en continuar con la labor de tomar fotos, misma que yo había dejado de lado; he de reconocer que el personal de cancerología era otra cosa, siempre desbordando amabilidad y calidez, aunque estas no siempre alcanzasen el alma. Al principio, no me apetecía hablar con nadie, pero con forme pasaron los días entablé amistad con otras madres, y sin miedo a ruborizarme confieso que pasé ratos muy agradables junto a ellas, en especial, cuando la psicóloga nos ponía a jugar o a hacer manualidades. Y estoy segura que te alegrabas por mí, esos días casualmente te mostrabas de mejor humor, con más ganas de jugar e incluso, más conversadora. Sin embargo, y esto sí que me avergüenza reconocerlo, cuando una de ellas perdía a su pequeño, yo rezaba porque no fueses tú la próxima, porque ocurriera un milagro y el proceso del cáncer remitiera.
Y una noche, en la que no hacía ni frío ni calor, justo después de contarte el tradicional cuento y antes de darte un beso en la frente, me preguntaste:
—¿Mami, qué pasa cuando nos morimos?
Me quedé helada con tu pregunta. La sola palabra «muerte» me engarrotaba los músculos, pero así, salida de tus labios y en ese tono tranquilo e ingenuo, me conmocionó sobremanera. Mi intención primera fue reprenderte, decirte que no pensaras en esas cosas tan feas pero, y no sé si por compasión o inspiración divina, opté por responderte que tras morir, nuestro espíritu se convertía en una estrella.
Tú luciste complacida, convencida de la veracidad de mis palabras igual que una monja cree en el espíritu santo; me sonreíste como nunca y, apenas acabar yo de darte un beso, cerraste los ojos. Fue cuando comenzó el caos para mí, cuando la pesadilla se convirtió en película de horror. En especial, por el maldito pitido ininterrumpido y agudo de la máquina que se suponía, marcaba el ritmo de tu pulso.
No obstante, el ritmo se había terminado, la melodía de tu dulce voz jamás se volvería a escuchar; durante los siguientes meses, mi entorno sería en blanco y negro, las lágrimas mis únicas compañeras y los lamentos, una forma de decir algo, de expresar un dolor tan profundo como el propio averno.
Recuerdo el día en que llegaste, así, anunciándote sin palabras, y la noche en que te fuiste, también: regalándome la sonrisa más maravillosa y sincera, cargada de un sentimiento puro pero sobre todo, de la ilusión que sólo un niño puede mantener ante las adversidades.

La ilusión de que tras morir, se convertirá en una estrella.

domingo, 26 de enero de 2014

Animales

© Reservados todos los derechos.


Corrió sin detenerse pero también, mirando a todas partes con desesperación. Eso, lo que tenía era que estaba desesperado, y no desquiciado. El doctor le había dicho que aquella serpiente descomunal era su vecina, quien sólo había tratado de ayudarlo; también le había dicho que el león que saltó sobre él con garras crispadas era su padre, y que el oso que estuvo a punto de asfixiarlo en un abrazo prensor se trataba de su madre. Pero él estaba seguro de que aquellos animales no eran más que eso, bestias asesinas que ansiaban devorarlo y de las cuales, necesitaba alejarse para salvar su vida. El doctor era el loco, más, si afirmabaafirmaba que él tenía esquizofrenia

sábado, 16 de noviembre de 2013

Ricitos de oro



—¡Alexa, se te hace tarde!

La susodicha refunfuñó y giró sobre su costado. Contaba con pocas horas de sueño; la universidad era una hazaña que no le dejaba mucho tiempo libre, ni para establecer una vida social ni para dormir. Suspiró resignada a levantarse e iniciar otro día de escuela. Confirmó a su tía que estaba despierta y se metió al cuarto de baño a fin de darse una de esas duchas relámpago.

Llevaba ya un semestre viviendo con su tía. Ésta era hermana de su madre y en vista de que su carrera se hallaba allí, le ofreció hospedaje, comida y cuando se podía, transporte. Tenía también una prima adolescente: Angie, dueña de una melena rubia que se ensortijaba hasta el nivel de los hombros y, a quien ella apodaba «Ricitos de oro».

La casa se ubicaba fuera de la ciudad, en las lindes de un bosque de extensas magnitudes y espesura. Alexa debía caminar un tramo y después tomar dos autobuses para llegar a la escuela, en donde mantenía excelentes notas así como una buena relación con sus familiares; les estaba muy agradecida, en especial a Angie. La chica le había cedido su habitación mientras ella ocupaba la de huéspedes.

Bajó y de inmediato la discusión que su prima y tía mantenían se vio cortada. La mujer le sonrió a medias y le sirvió el desayuno, Angie permaneció en su puesto con la mirada gacha y los puños apretados sobre el regazo. Alexa fingió demencia; desde hacía un par de semanas las otras dos féminas de la casa sostenían una discusión cuyo núcleo, según Alexa, giraba en torno a algún pretendiente de la chica. ¿Cómo había llegado a dicha conclusión? Bien, la exclamación por parte de su prima: «¡No haré siempre tu voluntad!» bastaba. Eso y que vamos, también había sido adolescente y discutido con su madre por algún muchacho.

Abandonó la vivienda y transcurrió la mañana de lo más tranquila. Al retornar, encontró una nota de su tía pegada en el refrigerador: «te esperamos en el claro de siempre, hoy merendaremos ahí». Sonrió entusiasta. El bosque era un lugar que la relajaba, a menudo solía ir a estudiar en el abrazo de su magnífica vegetación. Arrojó la mochila en el sofá y salió por la puerta trasera.

Al instante su sentido del olfato se deleitó con los diversos aromas perceptibles, una brisa fresca acarició su rostro pecoso y revolvió sus cabellos castaños sujetos en media coleta. Caminó entre los árboles con aire distraído, concentrada más en Davis, el chico de la facultad que tanto le atraía pero que, por desgracia, era demasiado tímido como para declarársele. Porque Alexa estaba segura de que sentía algo por ella, las miradas que le lanzaba y las atenciones que le daban no podían ser mera coincidencia. Claro que, tampoco es que ella fuese muy valiente como para confesarle sus sentimientos por él.

Se detuvo de repente, al percatarse de que un silencio abrumador había caído sobre ella y su entorno. Miró en todas direcciones, sin reconocer el lugar. ¿Era posible que se hubiese extraviado? Giró sobre su eje en busca de los listones rojos que Angie colocaba en las ramas con el propósito de orientarse por el camino correcto.

No los encontró.

El corazón se le desbocó en un frenético palpitar. Sus músculos se agarrotaron cuales miembros de cartón; intentó sosegarse en vano, pues no lograba ahondar en sus respiraciones. «Tienes que calmarte, Alexa»; se dijo a sí misma. «Vuelve sobre tus pasos». Sí, eso sin dudas la devolvería a la casa. Se dispuso a acatar sus pensamientos, mas un repentino chasquido la frenó en seco.

—¿Quién está ahí? —preguntó con la garganta seca.

Nadie respondió.

Un pánico irracional se apoderó de sus sentidos. De pronto todo lo que la rodeaba era monstruoso, más grande. Y si a eso se le aunaba que la luz escaseaba, su imaginación apostaba en su contra. En un arranque se lanzó a ninguna parte y corrió despavorida; necesitaba huir de lo que le erizaba hasta la médula, ese algo que existía y no, verosímil en los rincones más oscuros de su mente. Aquello que atormentaba incluso al más valiente: el miedo.

Sin darse cuenta se adentró en el corazón del bosque. Uno siniestro y mudo, donde las tonalidades fueron opacándose hasta volverse penumbras, cada forma agigantada y retorcida; los ruidos de sus pies crujían ensordecedores al pisar las hojas secas, entre la flora cientos de voces susurraban su nombre.

Se detuvo obstaculizada por una muralla vegetal que  envolvía a una mujer en extremo pálida, con los ojos en punto muerto, los brazos a cada lado del cuerpo y en el cuello, una soga fingía ser la joya predilecta de la muerte.

Alexa retrocedió y dio un alarido de terror al reconocer el cadáver: era su tía. Negó frenética, su espalda chocó contra el tronco de un árbol. Fue entonces que su miedo inicial tomó forma: no era un espíritu, no era simple paranoia suya; era real, un ente de carne y hueso, uno que había acabado con la vida de la mujer que tenía al frente.

Lo que en un inicio la acechó desde las sombras volvió a acosarla y ella, no dispuesta a dejarse atrapar se dio a la fuga. Una imagen se manifestó en su cabeza: Angie. Debía encontrarla antes de que el asesino de su madre lo hiciese primero. Las ramas bajas la arañaron y despeinaron; su blusa se rasgó, sus jeans se ensuciaron a causa de las diversas caídas. Estaba segura de que el criminal la seguía, de que se burlaba de su desesperación y su inútil intento por huir. Y es que cuando el depredador se propone atrapar a su presa… no hay nada ni nadie que lo detenga.

Alexa buscó alcanzar la carretera, encontrar a alguien que la auxiliase, pero entre más corría más parecía perderse. La noche se irguió amenazante sobre el firmamento, lo  cubrió con un manto de tinieblas. Los grillos y las ranas gritaban más que cantar; el viento antes agradable, ahora calaba sus huesos y los estremecía. Gotas de agua comenzaron a caer, frías, afiladas como agujas que le hirieron la piel.

Sus fuerzas se agotaron y ella cayó rendida, embarrada de lodo gracias a la tormenta recién desatada. Sólo en ese momento se permitió llorar, estaba asustada y sola, seguro el asesino ya había capturado y acabado con su prima. Faltaba ella. Se acurrucó aún sollozante, con la certeza de que su perseguidor la tenía atrapada. Lo sentía ahí, detrás de los arbustos, escondido entre los troncos de aquellos árboles.

Entonces, una luz titiló de improviso antes de desparramarse sobre el cuerpo agazapado. Alexa parpadeó y se obligó a enfocar, experimentando un gran alivio al identificar a la figura visitante.

—¡Angie…!

No terminó la frase. Sus ojos se dilataron a la vez que, por instinto, se pegaba a los matorrales tras ella. La chica rubia delante de ella esbozó una sonrisa torcida y tiró la linterna que llevaba en una mano, con la otra alzó el hacha con la que acostumbraban a cortar leña para la chimenea.

—¿Pero qué…? —balbuceó Alexa, paralizada de terror.

Angie dejó caer el arma con trayectoria a una pierna de Alexa quien, en un acto reflejo se apartó. ¿Qué demonios le ocurría a su prima? Con un grito salvaje, la adolescente repitió el gesto, esta vez el hacha dio en el blanco: desgarró el músculo hasta alcanzar el hueso y lo destazó, el clamor de Alexa hizo eco. Un relámpago iluminó la expresión demente de su prima, la luz de la linterna se derramaba sobre ella desde abajo, dándole un aire demoniaco.

—¿Por qué estás tan asustada, prima? —preguntó la chica con los ojos brillantes y el pelo revuelto, Alexa sollozaba y gritaba al mismo tiempo, aunque sin saber si era de dolor o de terror puro—. No tienes por qué. Después de todo, tú ocasionaste esto.

Alexa se tragó un nuevo berrido y preguntó.

—¿De qué… de qué hablas?

Su prima soltó una risita entre dientes.

—Tú eres ricitos de oro, prima —susurró con voz maléficamente tierna—. Tú y sólo tú. Porque bebiste mi leche, destrozaste mi sillita y te acostaste en mi cama. Yo, soy el pequeño osito… y estoy muy enojada.

Quizás si Alexa hubiese intervenido en las discusiones de las semanas pasadas sabría que su prima jamás la quiso en casa. Y principalmente, se habría enterado de su esquizofrenia.

Desde hacía un par de meses, Angie se había negado a tomar más pastillas.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Bonsái


Descarga aquí la versión en audio.

—Me encanta la algarabía que tienen.

Carmen y María apartaron las miradas de sus respectivos móviles. Hasta ese momento, se habían limitado a enviarse SMS en donde cotilleaban acerca de los chicos que les molaban, no iban a contarle a la señora Ramírez lo ardiente que las ponía Javier, ¿verdad?

—Déjalas, querida, así es la juventud de ahora —comentó el padre de María.

—En serio, niñas, se les van a deformar los dedos de tanto teclear.

—En realidad no, mamá —se atrevió a decir María—. Los móviles ahora son touch, ¿recuerdas? Con eso sólo usamos un dedo para escribir.

Su madre bufó.

—Hazte la simpática.

—Yo siempre, mami.

La mujer puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos. No obstante, se abstuvo de sermonear a las chicas, sabiendo de sobra que les entraría por un oído y les saldría por el otro.

Por su parte, María aprovechó para mirar a través de la ventana. Todos los veranos eran lo mismo, desde que tenía cinco años de edad: a sus padres les gustaba pasar las vacaciones en un bosque alejado de la civilización, y para que María no se aburriese, le permitían invitar a su mejor amiga, Carmen. A diferencia suya, María tenía el cabello castaño claro y los ojos verdes, mientras que su amiga, poseía una cabellera oscura cual ala de cuervo, en contraste con una faz en forma de corazón que le daba un aire adorable.

—Hey, ¿no es esa la señora Robledo?

Las dos chicas alzaron el cuello con disimulo. Más adelante, un taxi se aproximaba con un traqueteo, y en el asiento del copiloto, efectivamente, se veía a la persona mencionada por el padre de María. La señora Robledo era una anciana, a la que Carmen y María se la pasaban calculándole la edad, ya que desde que la conocían, conservaba la misma apariencia encorvada, el pelo blanco sujeto en un moño muy apretado y el rostro cubierto de arrugas. También, desde que recordaban, la mujer había vivido en el mismo lugar, a una mediana distancia de la casa en donde ellos solían quedarse.

—Sí, es ella —la mamá de María parpadeó, asombrada—. Parece que se va de viaje.

El padre de María hizo sonar el claxon, con lo que el taxi se detuvo a la par de ellos. Tanto María como Carmen evitaron cruzarse con los ojos de la mujer, tan negros e intensos que temían que si las miraba por mucho tiempo, les haría un agujero en la frente.

—Buenas tardes, señora Robledo —saludó la madre de María con una amable sonrisa—, qué gusto verla, ¿cómo ha estado?

—Muy bien, querida —la anciana le regresó el gesto—. Aunque me temo que estas vacaciones no podré ir a cenar con vosotros, mi nieta me ha invitado a pasar el mes con ella.

—Oh… no sabía que tuviese nietos.

“Y yo no puedo creer que tenga hijos” (1), le comentó Carmen a María por SMS. La castaña apenas y pudo aguantar una carcajada.

—Sí, es mi única nietecita, hace unas semanas cumplió ocho años.

“Pobre criatura”, tecleó María, su amiga soltó una risita por lo bajo, ganándose una mirada de advertencia por parte del padre; no necesitaba leer los mensajes de esas dos para adivinar lo que se secreteaban.

—Pero qué adorable —respondió la madre de María con sincera ternura—, le deseo entonces que lo pase muy bien con su pequeña.

—Ya lo creo que sí —asintió—, de hecho, le he conseguido un par de muñecas que casi parecen reales, seguro que le encantan.

—Seguro que sí.

—Que tengan un lindo verano —se despidió la mujer y agitó una mano—, espero verlos el próximo año.

—Igualmente, señora Robledo.

—Que se diviertan, niñas —agregó la mujer hacia las dos adolescentes.

—Gracias, señora Robledo —musitaron ellas a un tiempo.

El taxi prosiguió su marcha, al mismo tiempo la familia continuó con el trayecto hacia la “cabaña vacacional”, Carmen y María no perdieron tiempo y se enfrascaron en una conversación escrita por medio de sus teléfonos.

“Esa mujer me da escalofríos”, empezó la pelinegra. “Tiene los ojos iguales a los de la vieja que aparece en la peli de Legión” (2)

“No seas cruel”, le refutó María. “La de Legión no da tanto miedo”.

“Jajaja, eso sí… aunque a mí me sigue pareciendo increíble que tenga hijos. ¿Quién se los habrá hecho?“

“Ni idea, pero a mí también me sorprende. ¿Y por qué nunca hemos visto a su marido?”

“No lo sé. A lo mejor se dio cuenta del pecado que había cometido y la dejó”.

“O con esa mirada, tal vez lo haya convertido en piedra, igual que Medusa (3). Seguro que lo tiene de adorno en su sala”.

“Jajajaja, apuesto a que sí. ¿Sabes? Siempre he querido saber cómo es por dentro la casa de esa vieja rara. ¿Te has fijado que nunca nos ha ofrecido pasar, ni cuando le llevamos ese pastel de moras que le hizo tu mamá?”

“Sí, es cierto. ¿Qué tal si esta noche vamos a su casa a husmear? No es que sea cotilla, pero me gusta saber”

“Ya, pero, ¿cómo llegaremos? Porque al menos, lo que soy yo, no recuerdo dónde diantres queda la casa”.

“Oh, despreocúpate, que yo sí que me acuerdo. Ya verás, confía en mi memoria fotográfica”.

Carmen rió entre dientes, pero sin dudar ni por un segundo de su mejor amiga.

Alcanzaron la cabaña en pocos minutos. Carmen y María se apresuraron en desempacar sus cosas en la habitación que compartían cada año, al bajar ya las esperaba un suculento almuerzo, preparado por la madre de María. El resto de la tarde se la pasaron entre juegos de mesa, chismorreos y risas animadas, luego de la cena ambas subieron a su dormitorio para alistar los últimos detalles de la expedición. Acordaron no salir sino hasta que los padres de María se hubiesen dormido, asegurándose de llevar consigo dos linternas y una brújula.

—¿Sabes qué no pensamos? —comentó Carmen, con una mano sostenía la linterna con la que alumbraba su caminar, más adelante, María hacía lo mismo con la otra linterna, en la mano libre llevaba la brújula—. ¿Cómo vamos a entrar a la casa de la señora Robledo? Porque dudo mucho que haya dejado las puertas abiertas de par en par.

—Oh, despreocúpate —María hizo un ademán displicente—. Las puertas de estas cabañas no son muy sofisticadas que digamos, así que será pan comido abrir alguna con una horquilla de pelo.

Carmen rió.

—Hay que ver, yo tú dejaba de estudiar y me unía a una panda de ladrones, amiga. Al paso que vas seguro que no tardas en saber cómo se abre una caja fuerte.

María soltó una carcajada y le enseñó el dedo de en medio. No obstante, hubo un sonido de rama quebrándose más allá, con lo que las dos se detuvieron, dudosas en continuar con la caminata.

—Seguro fue una ardilla —argumentó María.

—¿Hay ardillas nocturnas? —preguntó Carmen sin poder ocultar su tono dubitativo—. No sé tú, pero a mí este lugar me da escalofríos —agregó y tragó en seco ante el ulular de un búho escuchado en la distancia—, está como para firmar una película de terror.

María se volvió para mirarla.

—¿Tienes miedo? —inquirió en tono socarrón.

—No, no tengo miedo —puntualizó la muchacha con el entrecejo fruncido—. Yo te dije que quería entrar a esa casa, no? Pero debes admitir que a esta hora, el bosque no parece precisamente sacado de un cuento de hadas.

María echó un vistazo a su alrededor. Era cierto, a esas horas, las sombras del bosque se veían más altas, los troncos de los árboles formaban caras, las ramas, garras dispuestas a atraparlas de un momento a otro.

—Bueno —dijo un tanto intimidada—, si quieres, podemos regresar.

Carmen suspiró.

—No, si no aprovechamos esta oportunidad, no sabremos nunca qué hay en la casa de la vieja loca, y la verdad que me come la curiosidad.

María asintió, consultó por tercera vez su brújula y siguió con su andar, detrás de ella fue Carmen.

Llegaron a la cabaña en menos tiempo del que habían calculado. Ya bien fuera de día o de noche, la casa de la señora Robledo siempre parecía estar rodeada de una bruma, además de no contar con ventanas de cristal, sino con persianas de madera que parecían no haber sido abiertas en años. María probó abrir la puerta principal con una horquilla de pelo, pero para su sorpresa, tanto su técnica como su herramienta de apertura, fracasaron.

—¡Qué fiasco! —la castaña dio una patada contra la puerta—. ¡Al final hemos venido aquí para nada!

—¿No tendrá una llave bajo el tapete? —Carmen se apartó de la alfombrilla que pisaba y la levantó de una punta—. Humm, no. Parece que hoy la suerte no nos acompaña. Tal vez podríamos venir mañana, pero mejor armadas.

María estaba a punto de soltar una nueva retahíla de improperios y de propinar otro puntapié, cuando sin previo aviso, se escuchó un click, seguido del ligero rechinar de la madera al entreabrirse la puerta.

—Eh… —dijo parpadeando, detrás de ella Carmen había abierto enormemente los ojos—. ¿La patada la aflojó?

—Y un cuerno —Carmen se frotó un brazo—. María, yo digo que mejor regresemos.

—¡Ni hablar! —rabió la aludida—. Ya estamos aquí, además, fue tu idea. Ahora entramos.

Agarró a Carmen de la muñeca y prácticamente la arrastró al interior de la casa. La luz de las linternas alumbró un recibidor y una sala en perfecto orden, si bien la decoración no estaba a la última moda, tampoco era cosa del otro mundo.

—Parece que nos equivocamos con la señora —María se rascó la cabeza—. Pero entonces, ¿por qué nunca nos ha invitado a pasar?

—No hay luz —Carmen jugueteó con el interruptor que había en una pared—, seguro la señora Robledo la ha cortado antes de salir.

—Bueno, allí hay una telaraña —María dio un respingo y se apartó del ejemplar de ocho patas—. En serio, no me digas que es lo más terrorífico que vamos a encontrar.

Vio a Carmen dirigirse hacia la cocina, ella se entretuvo con las fotografías que se alineaban encima de la chimenea, primero mostrando a la señora Robledo sosteniendo un bebé, luego abrazando a una niña, la tercera reflejaba a una adolescente y la cuarta, a la anciana, acompañada por otra mujer, quien llevase en brazos un bulto envuelto en mantas.

—Vaya, lo de su nietecita no era mentira.

De repente, un grito agudo le atravesó los nervios, más aún, al reconocer el timbre de su amiga en él. Corrió en dirección al lugar donde la había visto adentrarse, Carmen había dejado caer la linterna y permanecía inmóvil, temblando a mitad de la estancia.

—Carmen, por todos los santos, ¿por qué has…?

—¡Eso! —exclamó la chica con voz entrecortada—. ¡Mira eso!

María apuntó con la linterna al lugar señalado por Carmen. En la pared del lado derecho, había una repisa larga, que a su vez sostenía una serie de frascos cuyo contenido hizo estremecer a María: ojos, dedos humanos, lenguas y labios recortados, todos dentro de algún líquido que los conservaba. Pero el más impresionante, era el frasco que se hallaba en un extremo, tras cuyas paredes se aplastaban cuatro patas, un lomo peludo y una cara, los ojos abiertos de par en par, como finas agujas brillantes.

—Santa virgen de la Patagonia… —murmuró María con un hueco en el estómago—. ¿Cómo… cómo cojones metió un gato ahí?

—Yo… yo… —balbuceó Carmen, todavía con el corazón golpeándole fuerte contra el pecho—. Alguna vez leí sobre eso, sobre los gatos bonsái, pero decían que no era posible, que fue una broma realizada por un chico norteamericano.

—Pues ya ves que sí es posible —María apartó la mirada del horror envasado—, parece que la señora Robledo nos salió medio bruja, apuesto a que hay más barbaridades en su habitación.

—No me salgas con que quieres ir a ver —ambas abandonaron la cocina—. María, mejor regresamos a casa.

—Oh, no seas quejica —la castaña corroboró que las fotos que había sacado con el móvil se vieran bien—, podríamos hacer un vídeo y subirlo a Youtube.

—Pero…

—Pero nada —la sujetó por un brazo y la obligó a subir las escaleras—. Vamos.

Carmen suspiró, se mordió el labio pero al final siguió a María, por más que le asustase el sitio no podía dejarla allí sola. Caminaron con el silencio como único compañero, para su alivio el segundo piso sólo contaba con dos habitaciones, la primera tenía pinta de haber pertenecido a la hija de la mujer, la segunda estancia, era sin dudas la recámara de la señora Robledo: su decoración era sobria, con una pared tapizada de libros, una cómoda con uno de los cajones semi abierto y, a la derecha, un armario de considerables proporciones.

—¡Eureka! —exclamó María en voz baja, iendo a coger uno de los ejemplares—. Mira esto: “El arte de invocar a señores infernales”. ¡Tenía razón, es una bruja!

—Y mira aquí —Carmen se había animado a registrar el cajón semi abierto, encontrando una serie de fotografías en blanco y negro. La primera, mostraba a una señora Robledo más joven, vestida de novia y al lado de un hombre muy apuesto, las otras parecían haber sido tomadas de improviso, retratando a ese mismo hombre, en compañía de otras mujeres—. Parece que después de todo, su marido sí le puso el cuerno.

—¿Qué le habrá pasado? —María continuó con la inspección a lo largo de la habitación—. ¿Crees que lo haya matado y oculte su cuerpo en algún lado?

Abrió el armario. Se arrepintió enseguida de lo que había dicho. Fue incapaz de reprimir un alarido, Carmen se giró y estuvo a punto de desmayarse. Allí, recubriendo cada espacio del armario, había una docena de frascos, con cuerpos retorcidos inexplicablemente en su interior, de la misma manera en la que estaba el gato en la cocina. Lo más siniestro era que cada uno denotaba, como si hubiesen sido colocados así apropósito, las hendiduras que reflejaban la ausencia de alguna extremidad. Las mismas extremidades que flotaban en los recipientes de abajo.

—Oh, santo Cristo —Carmen necesitó agarrarse al mueble para no desplomarse—, son… son… las amantes… y ese de ahí… al que le faltan los ojos… es el marido.

—Joder… —María retrocedió, su expresión pálida dejaba en claro que la excursión ya no le parecía tan emocionante—, hay que salir de aquí, esto tiene que saberlo la policía y…

Se auto cortó al escuchar el bufido felino. Despacio, se volvió en dirección a la puerta, la luz de su linterna calló sobre el cuerpo deforme y los ojos como agujas, el pelo en la parte del lomo estaba erizado.

—Es… es el gato —gimió Carmen al borde del llanto, aferrada a la blusa de María—. María, el… el gato bonsái está caminando…

—No dejes que te toque —María empujó a su amiga hacia atrás y alzó la brújula, dispuesta a quebrársela al gato en la cabeza—, tengo un mal presentimiento sobre esas garras.

Carmen tenía un mal presentimiento sobre todo. El gato saltó de improviso, María le arrojó la brújula y le dio en un ojo, al mismo tiempo empujó a Carmen hacia la salida.

—¡Corre!

—¡No puedo dejarte!

—¡Sí puedes! ¡Corre!

Carmen dudó, mas al final salió disparada por el pasillo, María se giró hacia el gato y le aventó el libro que había sacado, acertándole en la cabeza. El animal maulló enloquecido, la castaña estaba dispuesta a quitarse una zapatilla para arrojársela, pero el alarido de Carmen la paralizó.

Salió de la estancia como alma que lleva el diablo, teniendo el cuidado de jalar la puerta, el gato bufó y arañó la madera, desesperado por salir. Bajó las escaleras y se abalanzó contra la entrada principal, pero esta permaneció cerrada, por más que María forcejeó con ella esta no cedió.

Los pasos en la cocina la sobresaltaron. Se volteó, la figura que surgió de ella hizo que tirara la linterna del susto. Sobre todo, porque entre sus manos sostenía un frasco, que almacenaba un cuerpo introducido a la fuerza, un cuerpo y un rostro que ella conocía muy bien.

El cuerpo de Carmen.

—¿Has escuchado la expresión que dice: “la curiosidad mató al gato”? —el gesto de la señora Robledo era bestial, casi demoniaco—. Pues aquí es al revés, porque vuestra curiosidad lo ha devuelto a la vida.

María se aplastó contra la puerta, esta vez, con lágrimas en los ojos, aunque no sabía si eran de rabia o de terror.

—Pero usted…el taxi… usted…

La señora robledo curvó los labios en una sonrisa demente, por fin, su gato bonsái había conseguido salir y bajaba las escaleras. En cuanto la alcanzó se restregó en sus piernas, si bien sus ojos estaban fijos en María, destilando un brillo que la hizo temblar.

—Sí, pero recordé que tenía que regresar, después de todo, quedé en llevarle a mi nieta un par de muñecas —agitó el frasco que contenía a Carmen—, de esas que parecen reales.

María gritó, a pesar de que nadie podría escucharle, la imagen del gato bonsái saltando sobre ella se gravó a fuego vivo en sus pupilas.

 

***

1. La redacción de los SMS entre Carmen y María no son, ni por asomo, como los que suelen enviarse en la realidad, pero debido a las normas establecidas en esta página, se han escrito sin faltas ortográficas ni abreviaturas.

2. “Legión o “Legión de Ángeles” es una película de fantasía apocalíptica dirigida por Scott Stewart, estrenada en el año 2010.

3. Medusa era un monstruo ctónico femenino, perteneciente a la mitología griega, que convertía en piedra a aquellos que la miraban fijamente a los ojos. Fue decapitada por Perseo, quien después usó su cabeza como arma.

4. El gato bonsái es un bulo de Internet difundido por la página web bonsaikitten.com a finales del 2000, especialmente en Estados Unidos. La web daba instrucciones sobre como embotellar un gato para utilizarlo como motivo ornamental, del mismo modo que un Bonsái. Poco después del nacimiento, el gatito es supuestamente colocado en un recipiente de vidrio permitiendo que al crecer adopte la forma del recipiente que lo contiene.1

El gatito supuestamente respira a través de unos agujeros perforados en el cristal y puede ser alimentado y expulsar sus excrementos a través de sondas. El animal tiene una finalidad exclusivamente ornamental, en lugar de ser cuidado como una mascota. La página web permitía a la gente que estaba interesada fabricar su gato bonsái comprar el equipo necesario, aunque realmente era mentira. Además como acreditación se incluían fotografías del resultado, aunque todas eran montajes fotográficos.